«No me despego del chaleco»
Una víctima de un atropello relata las secuelas y una pareja explica su comportamiento al lado de una carretera con mucho tráfico.
Dos vecinos de A Pastoriza murieron el viernes arrollados por un camión cuando cruzaban la N-640, en Meira. No llevaban chaleco en ese momento, ya que se dirigían al aparcamiento de un restaurante situado frente a la estación de servicio de Paraxes, en donde los había dejado poco antes un coche. Los atropellos no son infrecuentes en Galicia. Las consecuencias quedan, incluso para aquellos que pueden contarlo. Lo sabe María Paredes Porteiro, tal y como ella lo explicaba recientemente. Tiene 74 años y reside con su marido, José Agrelo, en una casa en San Roque de Coristanco, al lado de una de las vías más transitadas de la Costa da Morte, la AC-552. María sufrió, el 16 de agosto del 2007, un atropello en el casco urbano de Carballo cuando cruzaba por un paso de peatones.
Una radiografía muestra las placas de titanio y los tornillos a la altura del tobillo. Son las secuelas de aquel día, que marcó su vida. Ahora no va a Carballo sola. Evita cruzar sola un paso de peatones. Son solo dos de las manías que persiguen a María. Esta coristanquesa reconoce que intenta no tener que atravesar el vial AC-552, «salvo lo mínimo imprescindible». Y añade: «Nunca cruzo cuando son horas punta o llueve mucho, tengo miedo, es una sensación que no he podido superar con el tiempo». María Paredes no sale de su casa sin su chaleco ni sus dos brazaletes reflectantes, aunque sea de día y haga sol de justicia: «Me conciencié en seguridad viaria a través de un programa de televisión. Cuando voy por el arcén nunca le doy la espalda a los coches y siempre voy atenta». Evita incluso tener que atravesar la calzada para acceder a una leira que posee en el otro lado de la carretera. «A veces, por no ir a por lechugas, tomates, pimientos o patatas, me quedo en casa», apunta. A 50 metros de su vivienda hay un paso de cebra, pero María no lo considera un lugar seguro. «Doy un paseo todos los días, pero siempre en zonas seguras, por las que no pasan coches». María es consciente de que vive en las inmediaciones de un nudo de comunicación estratégico, y eso, lejos de tranquilizarla, le agobia.
En Ribeira, pegados a la carretera
Ribeira es un municipio en el que en los últimos años se registró un considerable número de atropellos. Buena parte de ellos, en la travesía de entrada a la localidad, la avenida de Ferrol. Se trata de una calle llena de curvas, rodeada de casas y en la que incluso se puso un asfalto antideslizante. Arturo Suárez, de 89 años, y María Mariño, de 84, viven en una de esas viviendas cuya puerta casi está encima de esta vía. Ambos explicaban no hace mucho que, aunque el paso de peatones más cercano les queda a unos 50 metros, suelen acercase hasta él para atravesar la carretera. Lo hacen porque «aquí xa houbo atropelos, a unha veciña nosa pasoulle». Cuando coge algo más de confianza, Arturo reconoce que de cuando en vez cruza justo por delante de su casa. «Ás veces miro ben e tiro por aquí, aínda que xa sei que iso non se pode facer. Cruzamos para poñernos ao sol e, home, medo sempre tes algo», explica. María, más parca en palabras, viste casi toda de negro. Al preguntarle si con esa ropa se atreve a cruzar por las noches, habla de forma contundente: «Non, nós de noite non saímos para nada, boa a podiamos facer».
«Cruzamos para poñernos ao sol e medo sempre tes»
No hay comentarios:
Publicar un comentario