Faro de Vigo
La autovía a Porriño soporta la mitad de los radares fijos de Pontevedra, con una multa cada 15 minutos
El tramo, de apenas 10 kilómetros, acumula
seis de los 13 cinemómetros estáticos de Pontevedra -En 2016 cuatro de
ellos sumaron 29.200 multas y 1,4 millones -El vial lleva en obras desde
octubre de 2015 para mejorar su elevada siniestralidad
A lo largo de sus poco más de diez kilómetros de distancia, el tramo de A-55 que transcurre entre Vigo
y Porriño soporta la mitad de los radares fijos de la provincia. Los
datos de la DGT muestran que entre los puntos kilométricos 5,6 y 15,9 de
la autovía se reparten media docena de cinemómetros, una concentración
con pocos casos comparables en España. En la página web de Tráfico solo
se encuentra un trecho de autovía con una mayor proporción de radares
fijos: la SE-30, la circunvalación de Sevilla, que tiene distribuidos
ocho dispositivos de control de velocidad en apenas 11,5 kilómetros.
La
cantidad de radares que concentra la A-55 entre Vigo y Porriño no solo
llama la atención en el mapa estatal. Dentro de la provincia su peso es
indiscutible. En una decena de kilómetros se concentran seis de los 13
radares fijos que la DGT tiene repartidos por todos los cientos de
kilómetros que conforman la red de carreteras de Pontevedra,
incluidas tanto las autovías, como las autopistas y nacionales. Los
siete restantes se reparten por la A-52, que tiene uno; la AG-41, con
dos; la AP-9, con tres; y la N-640, la carretera nacional que transcurre
desde la localidad asturiana de Barres y Vilagarcía de Arousa, que
también soporta un radar fijo. A ellos se suman otros 32 cinemómetros
móviles repartidos por diferentes viales de toda la provincia.
Los dispositivos de control de velocidad
dejan además una jugosa recaudación para las arcas del Estado. Según
datos recabados por Automovilistas Europeos Asociados (AEA) a través del
Portal de Transparencia, en 2016 cuatro de los seis radares de la A-55
repartidos entre Vigo y Porriño dejaron una recaudación de 1,38
millones. En total motivaron 29.259 multas, lo que significa que entre
los cuatro cinemómetros "cazaron" 80 infracciones a diario o algo más de
tres cada hora. A esas sanciones habría que sumarles las de los otros
dos radares permanentes que están en funcionamiento en la actualidad y
que no se incluyen en los datos de AEA correspondientes a 2016.
De
los cuatro de los que sí se conocen los resultados, el más "productivo"
fue el situado en el punto kilométrico 9,2, donde se sitúa el pórtico
que se encuentran los conductores antes de las curvas de Tameiga en
dirección Mos. Durante 2016 dejó un saldo de 21.570 multas y una
recaudación de 1,02 millones de euros. Le sigue el del kilómetro 11,7,
situado poco después de pasar el edificio del ayuntamiento de Mos
en dirección Porriño. A continuación está el del kilómetro 12,4, con
1.844 multas y 87.318 euros; y el instalado poco antes del Meixoeiro,
que deja un saldo de 485 multas y 22.600 euros de recaudación.
AEA
ha publicado un informe con los radares más activos en 2017 por
provincias. En el caso de Pontevedra, la asociación apunta a la N-550,
que tiene un radar que en 2016 registró 15.234 multas y sancionó por
747.621 euros.
La elevada concentración de radares busca atajar
el gran problema de la A-55 entre Vigo y Porriño: su alta
siniestralidad. Un informe divulgado por AEA a finales del año pasado
concluye que ese tramo soporta el "punto negro" con más accidentes y
heridos, situado en las curvas de Mos. La otra conclusión de su estudio es que el índice de peligrosidad de la zona se había incrementado.
Para
paliar esa situación, en octubre de 2015 Fomento activó una reforma de
la A-55 entre Vigo y Porriño que contempla, entre otras actuaciones, la
mejora y ampliación de algunos accesos. Aunque los trabajos arrancaron
con un plazo de ejecución de 19 meses, no estarán listos hasta
septiembre de 2018. El ministerio espera aprobar "en breve" una
modificación del proyecto para retomar los trabajos sobre el terreno en
la A-55, que llevan meses sin avances visibles. Fomento insiste en
cualquier caso en que la actuación nunca se paralizó, aunque no fuera
perceptible in situ.
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